Tu piel me acaricia en la lluvia calurosa del atardecer. Tu cabello escurre y tus labios gritan, los semáforos se detienen para permitirnos llegar. Tus pies siguen los pasos de ayer, pero se aprecian frescos y renovados como cada primera ocasión. El hambre llega con el café de la fuente, rodeada por los perros que juegan al pie de los árboles. Continuamos nuestro camino, dos o tres pasos, dos o tres kilómetros, un cielo anaranjado y tu voz cantando al tráfico cuasinocturno.
jueves, 13 de mayo de 2010
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