Termina una semana mas, enmarcada por el insufrible tráfico del viernes de quincena. Fue una semana difícil por diversas circunstancias que no tiene caso mencionar. Desde la mañana estaba dispuesto a consentirme con una buena cena y una aún mejor copa de vino.
¿Han visitado el Centro de noche? Hay que reconocerlo. Un acierto de Ebrard fue liberar las calles de vendedores ambulantes, y aunado a las remodelaciones que se han hecho, han pulido una bella zona que se encontraba tapizada de informalidad.
Hay incluso policías en cada esquina. Extrañamente, te sientes seguro y con libertad de caminar unas cuantas cuadras. Al llegar a uno de esos pequeños restaurantes que algún amigo te recomendó (y si tu amigo está "algo repuesto", definitivamente confías en él), comienzas a alejarte del estrés.
Es uno de esos lugares donde todo el personal es amable, te hacen sentir literalmente como en tu casa. Al observar la carta de vinos, saltó a mi vista una botella de tinto chileno, variedad Carménère, del cual había leído algo en esas revistas ya viejas de los consultorios médicos.
Es una variedad que se creía extinta al haber sido atacada por una plaga aproximadamente hace un siglo. Hacia finales del siglo pasado (es decir, en los recientes noventas), se descubrieron en Chile algunas cepas de esta variedad, escondidas en los cultivos del Merlot. Fue, según narraban, un gran descubrimiento, ya que es un vino con gran capacidad de maridaje, afrutado, colorido y un poco mas suave que el Merlot. Perfecta armonía con un corte término medio, y con la noche que invita a no dormir.
Al salir del restaurante, y con ánimos de seguir gozando la obertura al descanso del fin de semana, di un par de vueltas por las calles del Centro Histórico.
Es indescriptible la belleza del Zócalo alumbrado solo para recibirte. Generalmente son panoramas inmersos en lo cotidiano, por lo que ni siquiera existe la iniciativa de detenerse un segundo a contemplarlo. Pero vale la pena, el Palacio Nacional, a un lado del Templo Mayor, de la Catedral, de la Bandera ondeando en su esplendor, es un cuadro digno de fotografiarse.
Saliendo del Centro, y con el ánimo estético encendido, recorrí Paseo de la Reforma desde Avenida Juárez hasta el cruce con Periférico. El Ángel, la Diana Cazadora, los edificios antiguos y los recién construídos. Luces que nos alumbran cada noche, pero que no nos molestamos en apreciar porque nuestra mente está ocupada por preocupaciones y cansancio.
Satisfecho por lo que el último viernes de este mes me regaló, me dirigí hacia mi casa. A solo unas cuadras de llegar me pregunté, ¿el alcoholímetro que está delante, tolerará media botella de vino? Por suerte no me detuve -detuvieron- para averiguarlo.
Buen fin de semana...
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